Querida Lisa,
En nombre del grupo de cuatro montañeros que fueron sabiamente guiados por vuestra Agencia hacia el Elbrus, y maravillosamente cuidados, quiero darte de nuevo las gracias por la preciosa experiencia que pudimos disfrutar.
Fruto de ella,he escrito una "pequeña" crónica en Facebook, que a continuación te copio, para que sigas practicando y mejorando tu español. En ella hago referencias al gran papel que jugasteis Ivan, victor y tu, espero haber podido ser fiel a la realidad.
También puedes verla con algunas fotos en le siguiente enlace:
https://www.facebook.com/gerardo.sanchez.9066/posts/970163146427638/

Un fuerte abrazo de Rafael, David, Mario y mío (Gerardo)

LA ASCENSIÓN AL ELBRUS, CRÓNICA DE UNOS MOMENTOS

La vida no deja de ser un conjunto de episodios en los que navegamos, a veces en soledad, otras con amigos, siempre con nosotros mismos. Subir una montaña es, para los que amamos aquello que está más allá del horizonte, un reto y a la vez un paso más en nuestro caminar, otro episodio, un conjunto de imágenes que quedan en nuestra retina, de anécdotas que se aferran a nuestra memoria. Al fin y al cabo un viaje no deja de ser un conjunto de instantáneas, y este no iba a ser menos. Y como toda buena aventura, y esta lo ha sido a lo grande, es un homenaje a la amistad.

EL VIAJE
El viaje para llegar al Elbrus podría ser la historia de un petate despistado, que tardó tres días en llegar de Bruselas a Rusia, o resumirse en la cara de las policías aeroportuarias rusas ante unos “vagamundos” españoles tirados en el suelo de la Terminal durmiendo tras una noche de vuelos en vela. También podría componerse de las botellas de cerveza rusas, todas de medio litro, todas a cien rublos, la mayoría riquísimas, o componerse de las consultas infinitas a la wikipedia como método alternativo, irracional, innecesario y divertidísimo de ir rellenando las horas muertas. O como darse cuenta de que lo más peligroso de subir a una montaña es esquivar las infinitas vacas paseantes que ocupan la noche oscura de las carreteras secundarias rusas. Pero sin duda el viaje puede resumirse en una nueva definición para los anales del conocimiento humano, la de la química como ciencia que consiste en “mezclar plantas con cosas” (Rafael Calama dixit).

LA MONTAÑA
El Elbrus no es una montaña común. Son 5642 metros de caminar lento, pausado, sobre un manto de nieve y hielo que puede ser generoso o tremendamente agresivo. En nuestro caso rebosó generosidad, sin apenas viento, esplendorosamente iluminado y despejado, con temperaturas a veces casi cálidas. Nos ofreció la montaña su cara amable y tranquila, casi nueve horas de subida constante, relajada a veces, asfixiada por momentos, en la que el crujir de los crampones, el rozar de las botas sobre la nieve blanda, la cadencia de mano y pie, el susurrar de una brisa fría pero no cortante, los reflejos del hielo y el sol y la fatigosa respiración componían una apenas audible música solo alterada brevemente por nuestros propios ruidos corporales. Un desnivel de más de 1800 metros por el que de noche se vislumbran breves procesiones de luces en busca de la cima que por el día devienen en puntitos alineados bajando hacia el campo base.

Pero el Elbrus no es la montaña sino solo una de ellas. Un circo fantástico lleno de agujas, farallones, gigantescos glaciares colgados, encajonados valles, picos apenas hollados en una frontera convulsa y prohibida entre Rusia y Georgia, un lugar para alzar la vista y soñar con un pico, y otro, una cuenca casi virgen, dientes de piedra y hielo afilados, sendas casi imposibles que suben por conos de riadas y lenguas de fósiles glaciares, y, de tanto en tanto, un pastor a caballo, un caminante sin rumbo, un rebaño perdido y semisalvaje, un grandioso estruendo de soledades en los valles que contornean al Elbrus. Las estaciones de esquí son las únicas islas de ruido y presencia en un mar de desfiladeros llenos de viento, de morrenas silentes y de momentáneos crujidos del hielo que amenaza desprenderse. Y destacando sobre este caos de nieve, piedra y vacíos, la doble cima del Elbrus, ligeramente aislada, redondeada como una madre tierra a punto de parir nuevos paisajes salvajes, altivos, limpios y fríos, bellamente duros.

Bajar es sencillo… y pesado, poco más de tres horas de desandar el camino con una pendiente sobre la que volar cuesta abajo, acercándonos de nuevo a la civilización, a la estación de esquí, a las motos de nieve, los turistas despistados en zapatos, la austera comodidad de los barrels, la cerveza, los gritos y los postureos de paseantes de media hora. El halo de la montaña desaparece como un espejismo y solo queda en nuestro recuerdo, olvidando las penalidades, saboreando lo que pasa de ser un sueño a un reto conseguido. Y con el recuerdo llega el mito, y nuestra pequeña historia se engalana en la memoria, se hace grande, épica, y el placer de lo conseguido se mezcla, dura, difícilmente, con el deseo de volver arriba, a cualquier otra cima. Empieza una nueva cuenta atrás…

LOS COMPAÑEROS… Y OTROS ANIMALES
Los otros animales son las pequeñas sorpresas que nos depara la vida, lo inesperado. Una cocinera esplendorosa de carnes, casi como un gran oso ruso, Irina la bautizamos, con un toque mágico para las comidas y una mirada dulce de madre felliniana, que sin entendernos nos cuidaba y casi amamantaba embobándonos con sus platos, con sus movimientos tranquilos y su forma de conducir sin apenas gritos ni aspavientos a guías, guardeses, montañeros, turistas y paseantes varios, creando un orden único, dinámico, caóticamente tranquilo en el refugio.

Ivan Moshnikov simplemente nos… guió. Una preciosa palabra llena de significados ocultos que van descubriéndose según la montaña muestra su esplendor y su fuerza. Saber conversar y callar, animar y prever, mirar a los ojos e infundir confianza. Acompañar en suma, con una suavidad que podría hacerle casi indetectable, y una seguridad que nos arropaba de continuo, invisible y eficazmente.

O hacer un paseo con un tal Viktor Volodin, compartir con él cena y charla sobre como alimentar a los pollos del corral o cuidar una huerta rusa, para luego descubrir por casualidad que solo había subido dos veces al Everest sin oxígeno, o había abierto una ruta nueva en el K-2 entre otros paseítos montañeros, mientras que su máxima preocupación seguía siendo la casita y sus plantas que mimaba a las afueras de su Moscú querido. Todo ello con la sonrisa y el silencio tranquilo y discreto de un gran tímido enamorado de las montañas.

Finalmente Lisa (Elizaveta Sapozhkova de nombre oficial), que pasó de ser la coordinadora de CETNEVA a amiga en apenas unos minutos , con un castellano dulce y a la vez recio, una vida saltarina, una inagotable conversación y una multiactividad gloriosa, de cocinera a escaladora pasando por contable, organizadora infatigable, generadora de historias, incitadora a nuevos viajes… inocente embaucadora en suma de montañeros ansiosos de nuevas Itacas por alcanzar.

Los compañeros son gente aparte: amigos (CON MAYÚSCULAS), confidentes, discutidores infatigables, eternos optimistas, respetuosos sobre lo íntimo, irreverentes en lo común, soñadores irredentos… Mario Robledo, el incansable ímpetu, David Roncero Domínguez, la inagotable asertividad, Rafael Calama Sainz, simplemente bondad, fuerza y… cabeza.

UN COROLARIO
Subimos al Elbrus cada uno con nuestras mochilas de razones, ilusiones, deseos… y arriba me acordé de Jose Saleta, ahora lejos, luchando día tras día contra el ELA. Va por ti, compañero.

Gerardo Sanchez,